De palabras y otros remedios



Hace 6 años, en un blog de cuyo nombre no quiero acordarme, escribí:

"Hay una historia que habla de una época en la dictadura uruguaya, donde en cárceles y prisiones, en todo el país, estaba prohibido hablar. Cuando la comunicación era un delito, hay quien encontró la esperanza en el lenguaje de los dedos.
Algunos presos pasaron más de diez años en calabozos minúsculos, sin poder dialogar con nadie, de ése modo Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof consiguieron salvarse y hablar con golpecitos a través de la pared.
Se contaban mil historias; sueños, amores y desamores, encuentros y venganzas. Se peleaban, se comprendían y compartían belleza, dudas e incluso alguna pregunta que no tenía respuesta.
Esta pequeña historia –igual que recoge el autor- me da qué pensar:
Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada."

Creo que es lícito que cada uno exprese cuanto siente del modo que mejor le va. Hay quien se expresa con la música, con el sexo, con la poesía, con la escritura, con la mirada o incluso con el deporte –lo que hablaba mi cuerpo cuando yo patinaba-. La cuestión es que no dejemos nunca de comunicarnos y poder seguir despejando dudas, que al fin y al cabo es lo único que no nos deja avanzar, sea cual sea el destino.


Siempre he preferido las palabras escritas (incluso los silencios a gritos) que los discursos sin fundamento. Sentir, pensar y proceder...en ese orden.
Tarde de pedacitos.

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