De principios, que no con ellos.

Sin estridencias, sin pretender llamar la atención, sin más espectador que mi propia mente.
Así quiero que sea este principio. Mi cabeza, mis manos y yo.

Detesto salir a correr, los guisantes, la gente -que no las personas- y desde que tengo uso de razón, mi vía de escape ha estado entre las letras. Propias, ajenas, conocidas o no, pero siempre letras. Y es que, todo lo que se puede soñar, existe y sino, lo invento para mí. Después lo visualizo y, cuando menos lo espero, ahí está aquello que no era, y ahora es (¿o tal vez siempre fue?)

Siempre me ocurre lo mismo, en este sentido soy predecible. Escribo, paro, releo, vuelvo a escribir y luego borro. Escribo, paro, releo...y viceversa. Nunca estoy del todo satisfecha y es que soy extremadamente exigente, antetodo y todos, conmigo misma.
Mentí, sin saberlo, cuando dije que no escribía para nadie más que para mí. Sí, lo hago. Escribo para ti, que me acompañas, me exijes,  me evidencias. A ti que formas parte de mí misma, mi otro yo.
La que cosquillea la espalda del Rey antes de dormir,  la que va al mercado, cocina, sonríe, ahorra lágrimas y consume café como una desesperada. La que discute, se encabrona con la mirada y se cierra en banda esperando un después, la que canta como si le fuera la vida en ello, la que asiste a los partidos, la que cuida de mamá, la que respira y cuenta -hasta 3, hasta 1000-, la que dijo adiós al que nunca estuvo, o hasta siempre a los que amé. Incluso la que aprendió, hace ya demasiado, que los paréntesis nunca se cierran y los puntos suspensivos importantes son de dos..
 
Mujer de principios, que no con ellos.

Sí, sin mí, sin todas ellas, muero.



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