Dos botas en una semana. Primero fueron las grises y esa forma de despellejarse sin compasión. Hoy le ha llegado el turno a las marrones, se han quedado sin tacón. No me refiero a las famosas tapas que el zapatero te saca un riñón para ponerte, no, me refiero a la suela. Andar aparentemente despistada y, de repente, notar que tu suela te abandona.
Mis zapatos se están independizando, concretamente mis botas. Tal vez es una cuestión de actitud -la de ellas, no la mía-.
Cuando llegaron a mí parecían fuertes, seguras..era maravilloso verlas y combinarlas con mi ropa, cualquier trapo les quedaba bien.
Supongo que, como en casi todo, solo era cuestión de utilizarlas y comprobar su caducidad. Hasta aquí han llegado. Al menos estas han durado un tiempo comprensible.
Es curioso, con los zapatos no me pasa. El uso que les doy es exactamente el mismo, a algunos más a algunos menos, todo varía en función de mi propia necesidad, pero ellos saben cuál es su lugar y resisten a cualquier moda, incluso a las barbaridades que les obligue a hacer.
Tan solo me complacen. Me elevan 15, 20 centímetros, y me acompañan orgullosos del lugar que ocupan.
Sí, solo es cuestión de tiempo (y tal vez de una selección más exhaustiva desde el inicio) para no acabar adquiriendo 5 pares al mes. No le doy más valor al dinero que el que tiene como moneda de cambio, se lo doy a mi tiempo, que es oro y, todos sabemos, que con un calzado hecho a medida, caminamos mucho más erguidos y nuestra salud lo agradecerá con el tiempo..
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